Poco puedo decir después de todo lo expresado por mis compañeras, compañeros y por todas aquellas personas que han participado en esta experiencia. Digo poco porque en cada párrafo que leía de cada uno de ustedes sentía identificación en unos casos, ideas compartidas en otros e incluso momentos solidarios de resignación en algunos otros, y esto hace que me sienta corto de palabras. Pero a su vez, por otro lado, quisiera contar tanto…

Para empezar, no puedo expresar la satisfacción que sentí al estar allá, al formar parte de todo lo que estaba ocurriendo. A continuación, tampoco puedo expresar el orgullo que siento por haberlo hecho, gracias a esto, puedo afianzar con más ímpetu a la MEMORIA como base de todo proceso de aprendizaje, de todo proceso de mejora, de todo proceso por el cual ha de guiarse la sociedad humana, la conciencia y el sentido común. He comprendido más fehacientemente que gracias a esto somos lo que somos y amamos, compartimos, nos soli­darizamos y en definitiva. producimos.

Entiendo que si no tengo eso claro, no podré avanzar. Sin mirar al pasado no se puede soñar. Soñar con un mundo mejor.

Semanas antes de llegar a “La Perla”, saben ustedes que estuve preparándome para el encuentro. Intentaba buscar información, hablar con profesores del asunto y compararlo con mis conocimientos de todo lo que en su día pasó en España, mi país de nacimiento. Conté una historia, que a su vez me fue contada por uno de mis profesores en la Universidad Nacional de Rosario, que me dejó perplejo, absorto del miedo y del terror que acechaba entonces.

La primera vez que entré en “La Perla” me produjo una sensación escalofriante. No pude evitar sentirme protagonista de aquel lugar, en el cual, como bien dijo Soledad: “tenemos que estar lo menos posible, no de­ambular para que no nos afecte”. Sobra lo demás.

Cada día que pasaba en la convivencia con los demás residentes, hacía que me sintiera más lleno de emociones que circulaban, sentimientos compartidos que transcurrían y conocimientos incalculables en valor. Todavía me abruma alegremente el pensar que estuve rodeado de tantas y tantos artistas que trabajábamos con o por un mismo mensaje.

Con todo esto, seguía entrando y saliendo al recinto por una autopista llena de personas que van y vienen sin ni siquiera acordarse de que allá está, como si de un Coloso se tratara, “La Perla”, destinada a evitar el olvido y condenar cualquier tipo de terrorismo; o por el contrario sin ni siquiera poder pasar con el auto, por miedo a re­cordar, por evitar volver a enfrentarse a ello, por.

Así pues, como conclusión a todo mi proceso de trabajo, consideré en bien el hecho de poder materializar una pieza artística a través de video. En dicho video me intereso en separar dichos elementos, por un lado el centro y por el otro la carretera, tanto física como temporalmente, brindando una conexión relacional entre ellos. Cómo despierta tanto respeto “La Perla”, con su alma tan sufrida y a la vez tan fuerte. Y cómo suscita la atención ese recorrido por la autopista en el que durante varios minutos se atraviesa esa ladera de reserva natural. Busco ventanas, vínculos de unión: consciencia/inconsciencia, quietud/rapidez, rescate/riesgo, aparición/des­aparición, vida/muerte.

Además de esto, me interesó cómo ese camino, a tan sólo unos metros de “La Perla”, era vigilado y alterado por los ojos de los vigilantes dispuestos en cada una de las torres de vigilancia que existían a lo largo de todo el recinto, bordeando las alambradas del mismo. Una visión desde las alturas, una visión que hoy ya no existe y que hoy es otra.

Por último me gustaría brindarles a todas y a todos mi más sincero AGRADECIMIENTO por esta oportunidad, la cual la he sentido como una fuerte base en mis principios artístico-profesionales y expresarles que en todo momento, dentro de mis posibilidades, he intentado actuar con el mayor respeto y el mayor rendimiento po­sibles hacia tan poderoso y admirable compromiso.

Atentamente.